Resumen
La enfermedad de Parkinson es uno de los trastornos neurológicos mejor
conocidos. Se encuentra en todas las partes del mundo y se calcula que sufren de
ella unos cuatro millones de personas. Los síntomas se presentan, por regla
general, después de los 50 años de edad, y la probabilidad de contraer esa dolencia
aumenta con la edad. El 3% de las personas mayores de 65 años padece sus efectos
y ese porcentaje aumenta espectacularmente entre los 70 y los 85 años (1).
Los principales síntomas son la rigidez muscular, la lentitud de movimientos y
los temblores, aunque algunos pacientes sufren también de dificultades de
equilibrio y de problemas de comunicación en lo que se refiere, por ejemplo, a la
escritura, el habla o la expresión facial. Esos síntomas empiezan a presentarse
cuando el cerebro no puede producir suficiente dopamina, que es un vehículo
químico transmisor de señales en el cerebro. Eso ocurre cuando mueren las células
nerviosas (neuronas) que producen la dopamina en la parte del cerebro que se
denomina substantia nigra, y no se produce ya dopamina en cantidad suficiente
para controlar los nervios y músculos que participan en el equilibrio, la marcha
y otros movimientos. Lamentablemente los síntomas sólo se sienten cuando se ha
perdido ya del 60% al 80% de esas neuronas especializadas.
Los científicos han venido ocupándose desde hace más de un siglo de cuál es la
causa de la enfermedad de Parkinson, y del misterio de por qué mueren esas
células nerviosas precisamente. La mayoría está de acuerdo en que lo que
desencadena la enfermedad es una combinación de factores genéticos, estilo de vida y
ambiente.
Los investigadores comenzaron por encontrar en estudios con animales que la
cafeína podía contribuir a evitar la rigidez y la dificultad de movimiento. En
estudios con personas se sugirió que el consumo de café y cafeína están en
relación inversa con el riesgo relativo de contraer la enfermedad de Parkinson, Ya
en 1968 un estudio epidemiológico dio a conocer un porcentaje más elevado de
personas que tomaban café en un grupo de control que en el grupo de los
aquejados por la enfermedad (2). En ulteriores estudios en España (3) Suecia (4) y
Alemania (5) se observó también que el consumo de café antes de contraer la
enfermedad era considerablemente más bajo en las personas afectadas por ésta que en
las no afectadas.
En un estudio más reciente (el Honolulu Heart Program) llevado a cabo con 8.004
japoneses estadounidenses en Hawaii a lo largo de 27 años, se observó también
una relación inversa entre la frecuencia de la enfermedad de Parkinson y el
café. La probabilidad de contraer la enfermedad era cinco veces menor entre
quienes tomaban más de cuatro tazas de café al día que entre quienes no tomaban
ningún café (6).
Se llegó a conclusiones análogas en otros dos estudios en los EE UU. El primero
de ellos se inició en 1986 y se hizo con 47.351 hombres y 88.565 mujeres (7). En
ese estudio se apreciaron con mucha más intensidad los efectos en los hombres,
cuando la ingesta de cafeína equivalía a una sola taza al día. En el segundo
estudio (8), del que fueron objeto 2.715 personas de uno y otro sexo durante el
período de 1992 a 2000, se confirmó la disminución del riesgo en las personas
que toman dos tazas de café al día.
Por lo general, los datos son más confusos con relación a las mujeres. En
algunos estudios se observó que un consumo moderado de cafeína tenía efectos
protectores en mujeres que habían pasado la menopausia, mientras que el efecto era
el contrario en mujeres que tomaban estrógenos y consumían seis o más tazas de
café al día (9).
En todos estos estudios se observa, con excepción del estudio 9, sin embargo,
que el consumo de café reduce o demora la aparición de la enfermedad de
Parkinson, y que la cafeína es el factor más probable de esos efectos. No está claro
del todo cuál es el mecanismo de ese efecto protector. Investigaciones recientes
han puesto de manifiesto que la cafeína bloquea los receptores cerebrales del
tipo llamado adenosina A2A. Esos receptores actúan junto con los del tipo
dopamina D2, y la cafeína, al bloquear los receptores A2A, hace posible que se
estimulen los receptores D2, con lo cual aumenta la actividad motora y el
movimiento.
Parece también que la cafeína podría tener efectos protectores de los nervios,
y en varios modelos de estudios con animales (10,11) pudo observarse que,
cuando se usa juntamente con L-dopa, que es el medicamento más establecido para
tratar la enfermedad de Parkinson, reduce la velocidad con que degeneran las
células productoras de dopamina, por lo cual esa combinación ofrece una interesante
posibilidad de estrategia para tratar en el futuro esa debilitante dolencia.
Conclusión
Cabe afirmar, como conclusión, que existen ya pruebas reconocidas y
convincentes, procedentes de numerosos estudios, de que el consumo de café y cafeína hace
disminuir el riesgo de contraer la enfermedad de Parkinson, con la posible
excepción de las mujeres sometidas a terapia hormonal. Existen además datos
científicos que sugieren que la cafeína puede ayudar a reducir los síntomas de esa
enfermedad y puede tener efectos protectores de las células nerviosas.
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